Isla Negra, otoño, 2002

El sol brilla y entibia la mañana costera acentuando el azul del mar. Un viento suave arrastra olor a eucaliptus y acompaña mi caminata en busca de la casa verde esmeralda, el hogar de Luz Albert.  Curiosamente, la casa está ubicada en la calle Camino del escultor.  Sobre las pequeñas colinas que miran hacia el mar, entre varias casas de madera muy sencillas, se reconoce el lugar: una pequeña escultura en un jardín da el aviso. Ahí está el monumento en bronce a Rubén Darío, una maqueta de éste, representado por una pareja en una ronda estilizada, despejada de detalles superfluos - como todas las esculturas de Totila - y cubierta por una pátina verde oscura, cuya placa reza: Has dejado pasar, hermano, la flor del mundo (Rubén Darío)

De pronto, se abre una puerta del segundo piso y  Luz Albert sale acogedoramente a saludar. Es una mujer de unos sesenta años, con ascendencia alemana a todas luces: alta, de contextura gruesa y de ojos claros.  Muy risueña, acogedora. Tiene un leve parecido físico a su padre. Luz vive en Isla Negra hace ya catorce años y se acompaña de varios perros a los que adora.  Es profesora de música y forma grupos de niños músicos con un instrumento aún no conocido en Chile: campanas de mano o handbells.

En el interior de su casa, en el primer piso (que parece un pequeño museo), están las esculturas de su padre en distintos tamaños, la mayoría maquetas en yeso y unas pocas en bronce. Son las únicas que quedan - aparte de los pocos monumentos dispuestos en lugares públicos -,  más las que guarda el sótano del Museo de Arte Contemporáneo: La Tierra, Jacob y el ángel y otras pocas esculturas, bustos especialmente, en colecciones privadas.

Luz da una mirada resignada al segundo piso repleto de cientos de libros que componen la biblioteca conjunta de sus padres y de ella. Amén de diarios amarillos de puro viejos, acumulados en estantes o apilados en el suelo.  Aclara que es muy desordenada, como su padre.  Busca un viejo material que contiene poemas de Albert en castellano y muestra fotos familiares.  Así, de a poco, siguiendo el hilo de una memoria libre y emotiva en que viaja hasta nosotros el pasado que nos importa y nos marcó la vida, Luz evoca con amor, a veces con emoción y sin excluir el humor, la existencia del original y complejo Totila Albert.

Recuerdos de Luz Albert

Mi papá para mí era mágico y yo lo adoraba absolutamente.  Me dedicaba tanto tiempo… ¡todo el tiempo!  Y mi pobre mamá, trabajando de sol a luna… -
Luz Albert. 

La infancia junto a Totila


Totila contemplando una
fotografía de su hija.

Totila era muy desgarbado y de pelo algo largo: “raro” para esa época de los años cuarenta y seis, cuarenta y siete…Sin duda un hombre diferente, asegura Luz, iniciando el viaje hacia sus recuerdos.

Luz nació cuando Totila tenía 52 años de edad y fue hija única. Sus padres perdieron un hijo antes de que ella naciera y que sólo alcanzó a vivir tres días. Fue un hombrecito que nació enfermo, de haber sobrevivido hubiese sido deficiente mental profundo. Después nació Luz y Ruth nunca le ocultó que el hecho de que ella fuera mujer en vez de hombre le resultó difícil de aceptar. Pero fue un suceso sorpresivo del que se repuso rápidamente. Totila, en cambio, estaba dichoso con el nacimiento de su hija y estableció con ella una relación de padre y abuelo al mismo tiempo.  Ambos la llamaron Luz Iris; símbolo del arco iris.

Ruth Ehrmann de Albert, era la que ganaba el pan diario con el fruto de su trabajo y con su apoyo Totila se dedicaba tranquilo y sin mayores sobresaltos  económicos a realizar su arte escultórico y poético.

Cuando Luz era pequeña y como una costumbre familiar, salía a caminar por las mañanas junto a Totila. Este paseo consistía en subir hasta la cumbre del cerro San Cristóbal o ir a contemplar El Rodó,  escultura que estaba situada al final del Parque Balmaceda. En esos tiempos estaba hermosamente emplazada, se distinguía imponente en un lugar físico que la realzaba. - Actualmente, en cambio, le pusieron un salto de agua al espejo y al otro lado un monumento a la aviación que “ensucia” mucho el entorno e impide que alguna de las dos esculturas se luzca -   De vez en cuando, caminaban hacia una casita que en esos tiempos era la antena repetidora de una radio. Sus cuidadores tenían una niña de la misma edad de Luz y con ella visitaban una pileta de agua cercana y entre los tres pescaban guarisapos para llevarlos a la casa de Totila en frascos y ver cómo se transformaban en sapos con el paso del tiempo.

Como Totila era un gran conservacionista y querendón de los animales, conservó un sapito en un frasco que vivió al menos quince años. Lo más curioso, es que ese sapo era un enamorado de la música y aunque estuviera a veces muy escondido en el agua, bastaba que Totila prendiera el tocadiscos para que  se encaramara en una plantita a mirar y a escuchar. A Albert esto le hacía mucha gracia y adoraba a su entusiasta “acompañante”.


Totila, Luz y Ruth

La familia Albert vivía en un departamento semi circular en el último piso de un edificio, en la calle Santo Domingo 534, sobre lo que ahora es el Museo de Arte Contemporáneo. Tenían una gran terraza llena de maceteros con árboles plantados por Totila y tan bien tenidos  que obtuvieron premios  en unos juegos florales.

Luz recuerda éste, su hogar de la niñez, como un pequeño mundo del cual ella era el centro de atención y con características peculiares, diferentes al común de las familias que ella frecuentaba. Ya que los Albert hablaban en tres idiomas: cuando se reunían los tres, se hablaba en alemán; Luz con su mamá lo hacían en inglés  y a solas con su padre, en castellano.   

En un costado del departamento estaba el taller del artista. Su hija recuerda con ternura que le hacía unos caballetes con unos alambrados para que ella pudiera recubrir el alambre con greda. Uno de sus juegos favoritos era el Hoppa, Hoppa, Reiter, una canción alemana que se trata de un jinete - una canción de tres notas que es característica de la pedagogía musical que Luz impartió como profesora durante muchos años -.  Totila la sentaba en su falda, fingía equivocarse al cantarla y ella disfrutaba corrigiéndole.

La cultura jamás quedaba de lado y aunque Luz no se daba cuenta en ese entonces, su padre se la inculcaba de la siguiente forma: tenían una caja llena de postales de reproducciones de arte. El le enseñaba los nombres de dichos artistas. Luego, la pequeña Luz debía adivinar quién era el creador de tal pintura, escultura o música. Si acertaba, la postal era para Luz y si perdía la conservaba Totila. Y, desde luego, también le enseñó a apreciar la música clásica

Ahora, con su mirada de adulta, Luz comprende que a través de juegos desarrolló la capacidad de escuchar a los grandes compositores y familiarizarse con el núcleo artístico de cada uno, aquello que los hacía únicos e inconfundibles.

Como hija, gozó con Totila, su amoroso padre y asegura que gracias a él  aprendió las mejores virtudes humanas junto a la sensibilidad, el respeto y la alegría. 

Luz fue el centro de la vida de sus padres y ellos de la suya. Con su madre en cambio, la relación fue más distante.  Ella era una mujer muy ocupada, entre otras cosas, porque Totila no generaba dinero, ni un peso y Ruth trabajaba muchísimo para mantenerlos a los tres. Lo que incluía poder ir a conciertos de vez en cuando, comprar libros y todo lo necesario para esta familia de clase media y muy culta.

Ruth Albert fue una profesional muy conocida en Chile y de gran prestigio.  Ejerció como profesora de idiomas y psicopedagoga de niños.  Ella admiraba a su marido como creador y también como ser humano, con su personalidad romántica, afectuosa, inocente y alegre. Valía pues, la pena, proveerle un hogar y un entorno en el que pudiese ser libre y sentirse a gusto, para seguir creando. Ruth puede no haber comprendido su obra escrita, pero siempre fue absolutamente respetuosa de ella (en los primeros años fue ella quien copió a máquina todos los manuscritos de su epopeya en alemán como también de su obra en castellano). Ambos compartían las amistades, los sucesos del mundo y del país, como también los de la familia: el pequeño jardín, las flores, muchas lecturas, el paisaje, así como los guisos y platos sabrosos que les cocinaba la nana.

Ruth nunca dejó de proveer a su marido de ropa, comodidades y del material indispensable para su trabajo: buenas grabaciones, partituras, papel, lápices, herramientas para esculpir la greda, libros y tantas otras cosas.  Por eso trabajaba horas y horas, sin descanso alguno, incluso hasta el día sábado atendía a sus alumnos y a sus progenitores.  Sus alumnas del Santiago Collage unánimemente la catalogaron como excelente profesora, aunque eso sí, muy estricta.

Este carácter fuerte lo seguía ejerciendo en su casa. El necesitaba de una persona como ella para existir. Quién sabe qué habría sido de él y de su familia sin esa personalidad fuerte de Ruth para mantener y defender el hogar, para señalarles constantemente lo positivo de la realidad y lo constructivo del respeto mutuo y del cariño compartido. 

Si bien es cierto que tenían intereses muy distintos en lo profesional, también lo es que  Ruth llevaba absolutamente las riendas del hogar. Asuntos que no le interesaban para nada a Totila. A él no le preocupaba la mentalidad burguesa del “hombre jefe del hogar”, el orden tradicional y rígido le valía un comino. Consideraba justo y lógico que su mujer, en calidad de proveedora única, dispusiera del funcionamiento de la casa a su voluntad. 

Este hombre tan poco práctico solía sacar de quicio a su esposa. Su pieza era un desorden vitalicio y Ruth, que era todo lo contrario, solía repetirle, “Totila, tu pieza está en tal estado que ya no va a entrar más la empleada a hacerte el aseo”. “No importa”, - le contestaba él-  “el polvo es el beso de las estrellas”.

Un señor encantador de pelo largo

Desgraciadamente el matrimonio Albert Ehrmann fue conflictivo, difícil…  Totila y Ruth separaron sus habitaciones cuando Luz era muy pequeña.

Ambos tenían su propia vida y Luz también buscó la suya. A la edad de catorce años toda la familia hacía vida separada. Ya  vivían en otro departamento, al otro lado del río Mapocho, en Avenida Santa María. En ese entonces, él trabajaba afuera, en su Academia Libre, donde pasaba muchas horas dedicado a su arte, a sus amigos y alumnos. Intentaban juntarse los tres, como familia, pero ya mucho menos.  Comían unidos porque Ruth insistía en ello, a pesar de que el horario de su marido no tenía nada que ver con el normal de la gente. Albert adoraba dormir por las mañanas y escribir durante toda la noche  hasta las siete de la mañana.  Compartían juntos el desayuno en familia y luego Luz partía al colegio, su padre a dormir su sueño inconcluso y su madre a trabajar. Después, se almorzaba a la una en punto y Totila debía estar duchado y vestido, para satisfacer a la estricta Ruth.

Ruth y Totila fueron pareja en Berlín por largos años, compartida eso sí, porque Totila tenía otras parejas y Ruth sabía muy bien que existían otras mujeres en la vida del escultor. Le gustaban mucho las mujeres a Totila. Aunque la belleza física no parecía importarle.  En sus conversaciones en el hogar nunca habló de la belleza de alguna mujer como para enamorarse de ella. Siempre su interés iba por lo intelectual, lo afectivo.  Las personas afectuosas y simpáticas le caían en gracia.

Totila y Ruth se conocieron en Alemania, a través de una amiga en común, Ilselein.  Esta mujer, que no era judía, cayó igual en manos de los nazis el año 1933 y fue brutalmente torturada, tanto que la dejaron estéril y en muy malas condiciones de salud. Ruth la visitaba frecuentemente en la clínica donde se reponía del maltrato sufrido.

Contaba Ruth que en su primera visita a Ilselein se topó con un señor encantador, muy culto, de pelo largo y que hablaba un alemán rarísimo, con un acento muy fuerte. En la segunda visita, se encontró con otro señor con parecidas características del primero, pero algo diferente. En la tercera visita, aparece un tercer señor también culto, encantador y  de pelo largo.  Entonces Ruth comento: “Pero Ilselein, ¿de dónde viene esta gente? ¿Qué amistades tan raras tienes tú?” “Ah”, le contestó Ilselein, “ellos son tres artistas chilenos. Uno se llama Claudio Arrau y es pianista; el otro es Rafael Silva, también pianista y el tercero es Totila Albert, escultor.  Me harías un gran favor si quieres quedarte con el escultor, porque está interesado en mí, pero yo ya tengo una pareja y me voy a casar”.   Y así Ruth y Totila se conocieron y se enamoraron.

Aunque Totila no estaba sólo interesado en Ruth, no…El rondaba a varias mujeres.  Esto lo supo Luz después de que sus dos padres murieron. Ya que la propia Ilselein le envió una carta contándole detalles sobre los amores de su romántico padre. Y en otra oportunidad le llegó una larguísima carta de Lotte, una mujer que Luz desconocía por completo y que le contó que en el Berlín de los años treinta, ella había sido pareja de Totila y su esposo de Ruth, pero algo había pasado que una vez casados los Albert esta amistad se había quebrado. Y no había sido voluntad de ellos, todo lo contrario, ellos admiraban mucho a Totila y Ruth y ahora vivían en Florida, Estados Unidos.  Lotte le contó que Totila tenía una mujer para cada día de la semana y les ponía curiosos nombres: la lunes, la martes, la miércoles, la jueves y así.  Lo más increíble es que todas sabían de la existencia de las otras y se respetaban, lo toleraban.  Ruth Ehremann era “la martes”.

Luz alcanzó a saber de cuatro de estas “pololas”: Lotte, Ilse, su madre y otra que sobrevivió la guerra y que después de fallecida dejó un dinero para que se salvaran las pocas esculturas que todavía quedaban de Totila en Berlín. Esta generosa mujer  sufría de cáncer y lo sabía, así que invirtió todo su dinero en salvar esas esculturas y después se suicidó arrojándose de un octavo piso. Dejó una carta explicando que sabía sobre su enfermedad terminal y que no gastaría su dinero en algo irremediable, pero que sí valía la pena rescatar la escultura de Totila Albert.

Ruth fue la mujer que conquistó definitivamente el corazón del artista. Sin embargo, al poco tiempo, los nazis eran dueños y señores de Alemania y a Ruth – que era judía -  le costó mucho salir del país. Egresó de la universidad el año 1935 y le estamparon en el diploma que sólo podía enseñar a judíos - años después, este hecho le permitió obtener una pensión de por vida para los judíos que sufrieron la guerra de parte del gobierno alemán-. Ruth se quedó en Alemania hasta 1938 enseñando en colegios judíos e inglés a judíos adultos que necesitaban ese idioma para salir de Alemania y al poco tiempo después viajó sola a refugiarse en Londres, Inglaterra. Allí trabajó en un hogar de niños judíos que mandaban como paquetes del continente Europeo a Gran Bretaña.   Trabajó un año y medio y eso fue lo que la salvó de morir tal vez en un campo de concentración.  Se vino a Chile el año cuarenta. Durante ese período en que la pareja estuvo separada, Totila en Chile y Ruth en Inglaterra, mantuvieron el contacto mediante una tupida correspondencia y  fueron consolidando la idea de unirse  en matrimonio. Cuando Ruth se decidió a viajar, Totila preparó un hogar para recibirla lo mejor que sus posibilidades económicas se lo permitían. Compró camas, refrigerador y teléfono y no le alcanzó para nada más.

El día en que Ruth arribó a Chile, Totila fue a buscarla al barco, a Valparaíso, e inmediatamente la llevó al Registro Civil del puerto donde legalizaron su matrimonio.

Luz considera que el matrimonio de sus padres fue producto de la guerra. Sin mediar esa situación límite tal vez no se habrían unido en matrimonio. Porque el pasar económico de Totila en Chile no era para casarse con nadie. Seguramente Ruth tuvo la ilusión de que así como vendía su arte en Berlín iba a vender en Chile y no fue así para nada. Sin embargo y pese a todas las dificultades Ruth fue siempre muy leal con su marido, lo acompañó toda su vida, en lo bueno y lo malo.

El nazismo impidió que Totila se afincara en Alemania. Los nazis arrasaron con todo. En Berlín realizó la escultura Las mujeres de la montaña, que ganó un premio y pudo esculpirlas en grande para montarlas en un lugar público.  Para su infortunio el gobierno alemán  le exigió, a cambio de concretar ese proyecto, que firmara como miembro del Partido Nacional Socialista. Totila se negó, tomó sus maletas y se vino a Chile dejando todo ese proyecto en nada.

Su vida como escultor habría sido muy distinta en Europa, allá era muy bien considerado y sin duda habría desarrollado una carrera artística al máximo de sus capacidades y no lo poco y nada que pudo realizar en Chile y casi siempre a medias: promesas incumplidas o carencia de dinero para concretar sus esculturas en bronce; falta de “pitutos” políticos o académicos se lo impedían.  El aborrecía hacer campaña para sí mismo y nunca trató de ser famoso, por lo menos durante los años en que Luz vivió con él.  De joven sí fue más entusiasta  a este respecto, pero las decepciones terminaron por cansarlo.

Como artista, era muy independiente de postura, de pensamiento y tenía un manantial de ideas creativas en su mente.  Necesitaba vitalmente crear, aunque nadie lo comprendiera. Nunca logró insertarse en el orden de vida que llevaba la sociedad burguesa, más bien no le interesaba.   Tampoco toleraba a la gente artificial. Las personas  que no podían hablar de cosas que le gustaban a él, los individuos sin humor y la politiquería.

La Academia Libre

Ruth, siempre con los pies muy bien puestos en la tierra, ansiaba que Totila generara algo de dinero y decidió ayudarlo financieramente para que abriera un taller, una escuela de arte. Así, su marido arrendó un espacio en los bajos del Teatro Maru, en pleno centro de Santiago e inauguró su Academia Libre. En ese lugar tuvo por primera vez alumnos particulares - los que nunca tuvo en su departamento - y enseñó junto al pintor Raúl Malachowski, un conde polaco, y luego con Kurt Herdan, también pintor.   Éstos son los artistas que Luz recuerda y conserva una pintura de cada uno de ellos en una pared en lo alto de la escalera del living-sala-biblioteca de su casa en Isla Negra.

La gente que ingresaba a la academia siempre era bien recibida si quería modelar un trozo de greda o entablar conversación con el escultor, pero amigos íntimos tuvo dos: Claudio Naranjo y Lola Hoffmann. Totila admiraba a gente que lo admiraba a él. Del mismo modo fue gran amigo de Mauricio Amster el ilustrador de libros español que llegó a nuestro país en el Winnipeg, en calidad de exiliado, después de la guerra civil de España.  Pablo Neruda tuvo una corta amistad con Totila, sin embargo se distanciaron debido a que Albert no compartía el “estilo PC” (Partido Comunista) con el poeta. Siendo Totila una persona de izquierda a ojos vista, no podía entender cómo un artista perdía su libertad. Obedecer y escribir poemas pro partido le parecía una cosa inaceptable a su personalidad tan libre. 

La Tierra


"La Tierra"

Tuvo grandes pensamientos estéticos y despreciaba esculturas que, a su juicio, iban en desmedro del arte. Esta actitud crítica era muy intensa en él. Tanto, que no admiraba a ningún escultor chileno. ¡A nadie! Luz no sabe a ciencia cierta si esta actitud tan radical se debió a la rabia, porque quedó herido para siempre cuando no lo nombraron Profesor Extraordinario del Bellas Artes, de la Universidad de Chile o se originó por la competencia artística inevitable con otros escultores más conocidos y exitosos. Sólo mantuvo una gran admiración por algunos escultores europeos como Rodin, Mayol y Lehmbruck.


La Tierra, Museos Arte Ccontemporáneo.
Fotografía Francisca Yañez

Sin lugar a dudas, al final de sus días,  La Tierra * (1) era su escultura favorita por ser símbolo del Tres veces nuestro.  En ella se consolida la esfera, el germen y la relación que buscó permanentemente: la de la pareja humana. En realidad, la pareja humana esta en todas sus formas en sus diversas esculturas. Al principio es angular, rara y después madura hacia una expresión fluida, sin complicaciones, un círculo perfecto (Luz indica el relieve de yeso de La Tierra que adorna una de las paredes de su casa). En el otro lado de este relieve (que no se ve pero que se aprecia en el tridimensional), Totila explicaba que las manos de la pareja hacían una cuna, un nido para el niño que viene. El brazo de la figura masculina está dentro del cuerpo de la figura femenina y con las otras dos  manos ambos hacen el nido y  ese era el Tres veces nuestro.

Su hija conserva todas las esculturas de tamaño pequeño que aún existen y hay tres esculturas en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago: La Tierra, Gandhi y La lucha de Jacob con el ángel.

 


El Tres veces nuestro

Escribió un compendio de varios temas distintos: el Tres veces nuestro. En este manuscrito expone tanto su filosofía del patriarcado en versos como poemas dedicados a Luz: canciones de cuna y otras poesías que aluden a sus primeros deletreos. Este libro consta de ciento veinte cantos y es el único que redactó completamente en castellano y sin el influjo de la música.

Como poesía es muy disparejo - insistió en la rima y la métrica absoluta y eso fue en desmedro de su calidad porque lo hizo monótono y algo tedioso- Por otro lado explica su escultura de la época interpretada en poemas, lo que rescata su poética personal.

Su padre quería que el libro se publicara entero y Luz, hasta el día de hoy, vacila en obedecerle. Preferiría que se editara para así poder separar los poemas interpretativos  de sus  esculturas del resto del material.* (2) 

Totila no tenía nada de esotérico

Siendo profundamente religioso, tenía su religión propia y no la compartía con Luz, quien también vivía la suya; Ruth por su parte era atea, perdió la fe después de la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto la relación con las religiones era muy abierta en la casa familiar y según Luz sostiene, para nada cercana al mundo del esoterismo. Como insinúa cierta vaga idea que circula en torno a Albert igualándolo con tendencias esotéricas o iniciáticas.  Luz es de la idea que tanto Claudio Naranjo como Lola Hoffmann   - que le parece una persona extraordinariamente respetable -  tomaron a su padre por un lado esotérico que después se exacerbó y se convirtió en una especie de mito.  Por eso, que Totila Albert se haya quedado “enclaustrado” en los libros de Claudio Naranjo no lo refleja en su condición de artista, opina su hija, deseando que su padre sea comprendido y valorado en lo artístico, porque ese fue su aporte y su oficio.  Destacó por su trabajo fructífero de artista serio e interesado en las vivencias del alma humana y creó durante largos años de su vida marcando con su estilo personal el arte chileno.

Los dictados de la música


Inspiración Musical

Decía que al escuchar música clásica era “dictado por una voz”, que “oía” palabras en la música y se limitaba a anotarlas. Esta fue una inspiración extraña y poderosa, para él muy real y  prolífica que lo llevó a escribir una obra literaria en alemán increíblemente extensa.  El influjo de la música limitó su dedicación a la escultura, cosa que no le preocupó; se consideraba a sí mismo un poeta más que un escultor. Por lo demás, muchos artistas de su generación fueron creativos en distintas áreas.

Luz considera una genialidad su proceso creativo, independientemente del significado o calidad literaria del texto. Es en sí misma una creación admirable por cómo se gesta. ¿A quién se le habría ocurrido que “una voz” en obras sinfónicas, en obras de cámara, le transmitiría  palabras a su inconsciente?

En esos tiempos, en que no había los medios de ahora, Totila tenía que mover la aguja del tocadiscos con la mano.  Por ejemplo: escuchaba dos compases, después otros dos  compases y paraba. Luego volvía atrás y así, hasta el final de la pieza.

La habitación de Totila estaba  al lado de la de Luz y la de Ruth mucho más lejos. El bajaba el volumen de la música, pero el sonido atravesaba las paredes hasta la habitación de su hija, quien se dormía con tres, cuatro compases, otros cuatro compases, el movimiento entero y así toda la noche y sin parar. Luz ríe y recuerda estos momentos mientras asegura que podría cantar las sinfonías de Brahms ¡ de memoria!

El trabajaba mucho con la partitura en la mano y sabía leer música. Le encantaban todos los románticos alemanes y durante los años que compartió con su hija se dedicó mayoritariamente a  Brahms, aunque también trabajó bajo el influjo de Schubert y Schumann.


Los dictados de la Música

Hoy en día es muy difícil, prácticamente imposible, seguir sus poemas escuchando esa música, ya que cada director de orquesta dirige a su manera. Habría que tener la misma grabación que trabajó Totila, de lo contrario el énfasis se pierde o es muy distinto. En segundo lugar, ya la obra de Brahms sinfónicamente hablando es muy compleja y no siempre tiene una melodía bien delineada. El sonido tiene manchones sonoros o riquezas tan grandes que se piensa que los violines son lo más importante y resulta que no, que es el clarinete que suena por allá al fondo de la orquesta. Por eso el oyente se pierde, cree que va siguiendo el ritmo de la música y no es así.

Tenía un puntero con el que seguía la música y desde luego, no se perdía nunca. Gente de mucho prestigio acudió a conocer su creación literaria-musical - aunque Luz no recuerda sus nombres – Eran directores de orquesta alemanes y artistas chilenos que tenían que aprender alemán para leer sus poemas musicales. Todo el mundo lo encontraba fascinante, pero de ahí a que promovieran su obra… eran dos cosas muy distintas.

Luz amo la música tanto como él y  conserva un recuerdo muy lindo que caló tan profundo en su alma que hasta el día de hoy la emociona.  Tendría unos diez años cuando su padre la llevó una mañana a escuchar el coro de la Universidad de Chile – lugar donde estuvo su relieve Alma Mater que después derrumbó un terremoto-.  Mario Baeza estaba ensayando con su coro el villancico En los brazos de la luna está dormidito el sol, de Alfonso Leng. Contemplar la unión de toda esa gente cantando para crear un todo le pareció tan hermoso que decidió en ese mismo instante que se dedicaría a estudiar música coral. Totila siempre la apoyó en esa vocación que despertó en ella de manera tan intensa y luminosamente.

 

La isla Fresia

La familia descubrió la isla Fresia gracias al doctor Franz Hoffmann, el esposo de la doctora Lola Hoffmann.  El era un alemán de carácter descomplicado que tomaba su mochila y partía caminando a la aventura.  En uno de sus viajes al sur del país, llegó a pie a las orillas del lago Puyehue y la gente que vivía por los alrededores le dijo: “Oiga, usted habla un castellano igual al del gringo que vive en esa isla”. Don Franz  se interesó, fue a la isla, conoció a la familia “gringa”, los Wrbka, y quedó deslumbrado con la naturaleza salvaje del lugar. A tal punto que al año siguiente llevó a su mujer y a su hija Adriana, de un año de edad en ese entonces. Como la familia Wrbka necesitaba generar dinero, los Hoffmann les dieron la idea de abrir una hostería para enviarles huéspedes.

Los Albert, enterados de la existencia de este lugar de ensueño, comenzaron a veranear en Fresia cuando Luz era muy pequeña – aún no cumplía los tres años – y se hicieron amigos íntimos de la familia austríaca  Wrbka Hauser. Estos extranjeros  habían comprado el lugar con el propósito de cultivar un gran huerto con todo tipo de verduras y frutas para abastecer el Hotel Termas de Puyehue.  Se demoraron dos  años en lograrlo, debido a que la isla estaba en estado absolutamente salvaje y tuvieron que trabajar arduamente para preparar la tierra y así poder sembrar cultivos.

Estos valientes austríacos arribaron a la isla tal como Robinson Crusoe: sin nada. Y construyeron todo por sí mismos: cortinas, manillas de puertas, muebles, en fin, todo lo necesario para sobrevivir.  Se llamaban Osvaldo e Hilde  y  tuvieron dos hijos paridos ahí mismo, en Fresia.

Osvaldo Wrbka practicaba la filosofía de vida del que debe arreglárselas solo: ser autosuficiente en todo, hacer por sí mismo lo que se necesita en el momento presente y si no se sabe cómo, aprenderlo a como de lugar. Con gran esfuerzo, junto a su cuñado, levantaron dos casas para huéspedes, galpones, montaron un sistema eléctrico y agua caliente y fría, o sea, fundaron una pequeña aldea. Y como si esto fuera poco, Osvaldo construyó lanchas chicas y grandes, lanchones para transportar animales y violines  - hizo el primer set de violines para el conjunto de música antigua de la Universidad Católica -. 

Entonces este señor Wrbka, tan fortacho, viril y solucionador de problemas comparado con Totila, que no martillaba un clavo, que no tenía idea de nada del mundo práctico, ¡era la antitesis del escultor! A través de ellos, Luz conoció otro mundo: las características del rol femenino y del masculino, aquello valorado y estimulado por la sociedad tradicional.  Es decir, la mujer dulce, cariñosa, llena de detalles de preocupación, que tejía, cocinaba, plantaba, hacía todas las labores hogareñas y el hombre invencible y protector.  Los Wrbka fueron para ella sus segundos padres y lo opuesto a los suyos.  Algo así como un complemento afectivo y formador que Ruth y Totila aceptaron sin problemas. No limitaron en nada su cariño hacia ellos, al contrario, las dos parejas fueron grandes amigos. 

Osvaldo había sido cantante de la Opera de Viena y cantaba acompañado de un piano que compró con un sacrificio enorme, lo embarcó en su lanchón y luego lo llevó en una carreta de bueyes hasta su casa. El señor Wrbka se sentaba al piano - después de un día de trabajo que empezaba a las seis de la mañana y terminaba a las diez de la noche -  y con sus dedos toscos de trabajador, estropeados por tanto esfuerzo, se acompañaba a sí mismo cantando un Lieder de Hugo Wolff y de otros románticos de habla germana y los deleitaba a todos con su concierto a la luz del generador de electricidad y a veces sólo iluminado por velas.

En esa atmósfera plácida, Totila escribía todas las noches poemas en alemán y en castellano. Nació allí parte de su obra El tres veces nuestro y un pequeño manuscrito de poemas acerca de la isla Fresia. Que son poesía ligera, de ánimo liviano: los tábanos, las dos rositas y unos pocos más.  Relajado y a gusto en medio del ocio creativo, aprovechó de experimentar con otros idiomas que no dominaba, jugaba con el inglés y el francés, de los que conocía muy poco. Disfrutaba inventando palabras o transformando en verbos los sustantivos.  

Sin embargo, aunque su estadía en la idílica Isla Fresia lo hacía muy feliz, la mayoría de la poesía que escribió allí hace alusión a la muerte.  Porque estaba obsesionado con la idea de la muerte. Escribió dos estrofas en alemán acerca de un tronco que flota en el lago en un movimiento ascendente y descendente entre el oleaje y el viento. Decía que ese tronco, con ese movimiento, le comunicaba, le insinuaba algo simbólico acerca de la aparición y desaparición de la vida.

Pasó el tiempo y en esos veranos, ya en la década de sus sesenta años, el escultor salía a pasear, a remar y a nadar. A veces se le ocurría cruzar  el lago nadando sin avisarle a nadie (recorría más de dos kilómetros en total).  Se lanzaba al agua hasta que lo divisaban a lo lejos convertido en  un punto diminuto. Entonces todos le gritaban, ¡ay, Totila! ¡Cómo te vas así, sin bote! Partía un bote a buscarlo y Ruth lo retaba por ser tan temerario.  Salía azul del agua de puro frío y esfuerzo. Lo metían a la ducha caliente y le llevaban un vasito de cognac para que se repusiera. En otra ocasión, se demoró mucho en regresar y los angustió a todos.  Ocurrió que su bote tenía un agujero y tuvo que sacarle el agua porque se le inundó. Regresó a la casa como a las diez de la noche y cuando le preguntaron qué le había pasado dijo,  “saqué a pasear el lago alrededor de la isla.”

Luz conserva fotos de su padre remando en un botecito alrededor de la isla y Ruth remando en el mismo bote, pero en horarios distintos, tal como siempre: separados por tiempos distintos.

No le gustaba el mundo moderno

Alcanzó a disfrutar de la belleza natural de Chile en plenitud gracias a los viajes que realizó desde niño junto a su padre Federico Albert, quien le enseñó a respetar y a querer la vida silvestre y natural. Tal vez por eso fue tan sensible ante el abuso y atropello que sufrió la naturaleza con el avance de la modernidad. Era algo que lo exasperaba, lo afectaba en lo más profundo de sus sentimientos.  Para él la naturaleza era intocable y el hombre debía adaptarse a ella y por ningún motivo al revés. Solía contar  que en la estación ferroviaria de Temuco se podían tocar las enormes matas de copihues con la mano, desde la ventana del tren, cosa que en los años sesenta ya no era posible hacer porque éstos ya no existían.

Cierta vez se llenó de indignación porque, según él, estaban cortando demasiados árboles en la isla Fresia. Aunque esta tala fuera para calefacción y sobrevivencia de sus habitantes.  El no transaba en nada. Y como era categórico optó por no viajar  nunca más al sur.

detestaba la sobrepoblación, el tráfico y el ajetreo excesivo.  No se subió nunca más a una micro los últimos diez o quince años de su vida.  Cuando Luz iba a clases al Santiago College, él prefería que se fueran caminando desde el departamento de Santo Domingo hasta el colegio o se movilizaba en algún auto, pero en micro, no.

Se fue separando completamente del mundo moderno con el que no se identificaba para nada. Aunque su mujer le había comprado el tocadiscos más moderno que existía en el mercado para facilitarle su trabajo literario. En eso sí que Totila transaba. 

Salía solo por las noches. Una vez fue a dejar a Claudio Naranjo que vivía frente al río Mapocho y al volver lo asaltaron y lo dejaron en calzoncillos.  Los carabineros al verlo creyeron que estaba loco y llamaron a su esposa.  Otra vez, sin tener ni una gota de alcohol en el cuerpo – no bebía prácticamente nada -, abrazó a un árbol y le empezó a conversar. Eso lo hacía mucho, amaba los árboles, conversaba con las flores y los animales.  Bueno, los carabineros pensaron que estaba totalmente loco y de nuevo lo auxilió Ruth, su salvadora mujer. 

Federico y Totila

Federico Albert viajó solo de Alemania a Chile a los 24 años de edad y poco tiempo después Teresa Schneider – su novia en ese tiempo -  viajó para acompañarlo. Y no consta si es leyenda o verdad, pero en la familia circula el rumor de que  Teresa hizo sus maletas y viajó sin pedirle permiso a nadie.   Sólo dejó una carta de despedida a la luz de la vela y se embarcó para Sud América en un velero. Este suceso desató un escándalo en la familia, ya que todos suponían que con la distancia ese noviazgo no tendría destino.  Los abuelos eran primos entre sí - se desconoce en qué grado lo eran-, a eso se debía tanta oposición familiar.  Este hecho causó un quiebre en la familia y se perdió la relación por completo.  Totila alcanzó a vivir con unos tíos cuando tenía doce años y lo mandaron a Alemania a estudiar.  Esos tíos no tuvieron hijos y fuera de ellos no había más familia.

Federico Albert plantó un gran bosque cuando su hijo tenía siete años.  La finalidad del bosque era frenar el avance de las dunas que estaban sepultando al pueblo de Chanco, en la Séptima Región.  Plantó enormes extensiones de terreno con todo tipo de árboles de Alemania.  Con el tiempo se dio cuenta que el pino y el Eucalíptus eran las únicas especies que crecían rápido, otro tipo de árboles eran de muy  lento y difícil crecimiento.   De todo lo que don Federico plantó, hay un reducto que hoy en día se llama Reserva Forestal Federico Albert .

El abuelo pasó meses acampando en Chanco durante la plantación de los árboles y  solía llevar a Totila con él. Por las noches tocaban juntos el violín y la cítara mientras disfrutaban del calor de una  fogata.  Muchos años después, por alguna razón que su hija desconoce, Totila nunca más quiso saber nada de ese bosque.  Seguramente no podía soportar la idea de que, a esas alturas, ya hubieran talado la mitad.  Hoy en día, en Chanco, aún se recuerda a don Federico Albert.  Existen el liceo, el bosque y una calle que llevan su nombre.

Hace un tiempo, la Conaf estuvo en conversaciones con Luz porque querían poner los restos de su abuelo en el bosque de Chanco. A ella la idea le pareció maravillosa siempre y cuando se llevaran también para Chanco los restos de Totila y Tusnelda, la hermana del escultor. La idea que elaboraron Luz y la Conaf consistía en  poner alguna de las esculturas en ese bosque.  Sin embargo, toparon con varios obstáculos. ¿Qué escultura instalarían ahí?, ¿cómo se financiaría dicha instalación y traslado?, ¿quién podría hacerla a gran escala? Porque ya casi no existen esculturas de Albert a gran escala.   En esos obstáculos  y en la burocracia de siempre topó este proyecto  y no se pudo concretar.  Hoy en día Luz, la última integrante de la familia Albert, dice haber deseado mucho que su abuelo y su padre hubieran reposado juntos allá en el bosque sureño, en medio de la naturaleza que tanto amaron los dos.  Incluso se imagina poder contemplar en ese bosque El Aire, La Tierra y El Nacimiento del Yo, tres relieves que se podrían vaciar formando tres lados de una pirámide recordatoria.

La casa de peces, flamingos y culebras


Totila niño

Eran muy naturalistas los abuelos Albert. A  fines de 1800 y tantos, tenían un acuario con peces de agua salada, cosa muy excéntrica y que no poseía nadie más.  Federico se las ingeniaba para tener esta agua en buenas condiciones adentro de la casa. Criaba culebras con las que jugaba Teresa y flamingos que cuando morían se les embalsamaba.  En esa casa especial nació Totila, en 1892. Su madre lo parió en su pieza en un parto muy riesgoso y difícil. Fue sietemesino en una época en la que las posibilidades de sobrevivir siendo prematuro eran escasas. Al nacer, Federico lo puso debajo de la estufa de leña para que entrara en calor. No tenía uñas, pelo, nada.  Sobrevivió igual que un débil pollito.

Más adelante sufrió de incontinencia de orina como hasta los nueve o doce años y uno de sus peores recuerdos es que lo pasaban desnudo por encima del fuego como castigo o a lo mejor como remedio, lo que le producía un terror inmenso.

Los abuelos Albert Schneider eran padres muy estrictos. Un día, cuando Tusnelda y Totila eran chicos, había un postre para la noche, para las visitas. Un puré de dulce de porotos que a ellos les encantaba. Como cualquier niño, metieron los dedos y dejaron sus huellas.  Cuando los papás se enteraron de lo que habían hecho,  los castigaron encerrándolos a ambos en la despensa prohibiéndoles salir hasta que se comieran la fuente entera de porotos. Estuvieron un día y medio encerrados y se enfermaron.

Con el tipo de crianza que tuvo, a Luz le llama la atención la mención de ese padre tan idealizado que aflora en su manuscrito el Tres veces nuestro. Esa visión que plantea Totila del Padre universal e ideal… Si se le llenaban los ojos de lágrimas cuando hablaba de sus padres, pero los mencionaba poco.  Más bien para realzar la obra que había hecho Federico, pero no como progenitores ni educadores.

Por  supuesto que Federico  quería que su hijo estudiara agricultura, agronomía o algo por el estilo. Sin embargo, a los dieciséis años su hijo le planteó que quería ser escultor  Federico reaccionó muy sorprendido porque nunca lo había visto interesado por la escultura más que como observador de láminas de la historia del arte. Le propuso que modelara alguna cosa para ver si tenía talento y modeló para él  un busto pequeño de un conocido de ambos.  Satisfizo el gusto de su padre, se ganó su confianza y Federico lo envió a estudiar a Alemania.  Se estableció en Berlín y estudió con un solo profesor que era magnífico (Metzner). Éste murió y desde entonces Albert continuó trabajando siempre solo.


Adolescente en Berlín

Tusnelda Albert, hermana de Totila, era unos dos años menor que él y tenía un afecto anormal por su querido y único hermano mayor.  Tenía un amor, una pasión por Totila no como escultor sino como hermano, lo veía como su posesión más bien.  Probablemente este apego hacia él se debía a que ella sufrió de meningitis a los dieciséis años y quedó dañada sicológicamente hablando. Por lo menos sus relaciones afectivas eran muy extrañas o mínimas. Luz no le conoció ninguna verdadera. Tenía ciertas amistades, pero se trataba de gente que sentía compasión por ella.

La tía Tusi trabajaba en el colegio de Las Ursulinas haciendo clases particulares de alemán. Así se ganó la vida y vivió siempre cerca de su hermano.

Tusnelda pasó su niñez en Chile y luego viajó a Europa para regresar después de la Segunda Guerra Mundial a nuestro país.  Ella pasó las dos guerras en Europa. Acompañó a su madre hasta que murió de cáncer y después regresó para estar siempre muy apegadita a su hermano. Iba a visitarlo todos los días, absolutamente todos los días del año.  Hasta que  tuvo un conflicto con Ruth, un problema de rivalidad con tantas desavenencias que Tusnelda dejó de ir a comer con ellos y los visitaba sólo para los cumpleaños o en ocasiones muy especiales y se encerraba en la pieza de Totila.

A él lo veía fielmente. Cuando murió, Ruth y Luz determinaron que lo enterrarían en el Cementerio Metropolitano, un lugar recién creado que estaba en el paradero 23 de la Gran Avenida. Quedaba muy lejos pero era un lugar apacible en esos tiempos, a fines de los años sesenta. O sea, justo lo que ambas buscaban para su descanso eterno. La tía Tusi fue a ese cementerio todos los días de su vida hasta que murió.  Y se murió tarde, el ochenta y tantos, ¡muy mayor!

El matrimonio de Federico y Teresa  tampoco fue feliz. 

Teresa enfermó, regresó a Alemania y se quedó allá hasta su muerte. Federico se quedó viviendo en Chile hasta que falleció de un infarto en plena calle en el centro de Santiago.

Mientras, Totila  empezaba a hacer carrera en Berlín. 

Su último amor

Durante la década del sesenta, en los últimos años de su vida, Albert tuvo un amor, un sentimiento intenso y pasional por una de sus alumnas mucho más joven que él y con la que tuvo un hijo.  Este romance coincidió con la época en que realizó La Tierra, homenaje a la pareja humana y el hijo ideal. Es probable que esa relación haya influido en la creación de dicha obra, que el sentimiento expresado en ella refleje la ilusión que sintió de alcanzar el ideal del amor con la joven.  Aunque la relación fue muy sufrida y atormentada porque la joven padecía de desequilibrios mentales que incluso la llevaron al Hospital Siquiátrico en varias oportunidades.

Totila estaba tan ilusionado, se quería ir a Venezuela con esta nueva familia que formaría con la joven y su hijo.  Decía tener unas conexiones en ese país que lo podían ayudar. Por diversos motivos ese amor no prosperó.  

El poema de la muerte

Totila falleció cuando su hija tenía veinticuatro años. Luz vivía en ese entonces en Estados Unidos desde hacía ya ocho años y cuando regresó al país su padre había sufrido una hemorragia cerebral y estaba en muy malas condiciones físicas y mentales.  Su deterioro fue muy largo y penoso. Viéndolo en perspectiva, ella considera que esa separación de largos ocho años los distanció y debido a que el reencuentro se produjo con él ya muy enfermo, no fue posible alcanzar el nivel de comunicación que él le prodigó en su infancia.

A su muerte, en septiembre de 1967, lo velaron en la Academia Libre con el cuarteto de Zoltan Fischer y hubo bastante cobertura de prensa, pero Luz no recuerda casi nada del funeral, sólo a su querido padre.

Al bajar el cajón, se desprendió la tapa y para volver a ponerla en su lugar tuvieron que sacar el ataúd del nicho. En ese instante, los sorprendió ver  el rostro de Totila mirando hacia el cielo.  El director del coro en el que cantaba Luz surgió entremedio de la gente, caminó hasta llegar a ella y la tranquilizó con palabras cálidas, haciéndole ver que el rostro de su padre muerto con expresión plácida y tranquila era indicio de que la muerte lo acogía con amor.

Luz leyó el poema de la muerte en castellano para la gente que acudió al funeral y años después, al fallecer su madre, se le leyó nuevamente. 

Enterados de mi calma cuando deje de vivir
con el alma con el alma se consigue transmitir.
Enterados de mi canto cuando deje de vivir
con el llanto con el llanto no se puede percibir.
Enterados del acento con que dejo de vivir
cuan contento cuan contento estaré de no sufrir.
Enterados de mi causa cuando deje de vivir
mas la pausa más la pausa no prohibe proseguir.
Enterados de la cumbre donde dejo de vivir
 la costumbre la costumbre es bajar y no subir.
Enterados de mi duda cuando deje de vivir
con ayuda con ayuda de mi muerte va a morir.
Totila Albert

(1)* Actualmente La Tierra está restaurada y  se realizó su  vaciado en bronce.  Se encuentra en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile.

(2) * En el capítulo recortes de una poética aparecen algunos de los poemas interpretativos de Albert.