Adán y Eva |
Busto Arno Nadel |
Arrodillada |
Busto Arturo Holitscher |
El bailarín Lotz |
E caddi come corpo morto cade (inferno V) |
Entre Cielo y Tierra |
Cabeza del Dante |
Derrumbe |
Dibujo |
Dibujo |
Busto de Einstein |
Elevación y Caída |
Estallido |
Florentina |
Busto de Franz Metzner |
Gran Torso |
Grupo |
Helvetia |
Himno |
Jo |
Lasciate ogni speranza (Inferno II) |
Leda |
Mirada a la Corriente |
Las mujeres de la Montaña: Acción Creadora |
Las mujeres de la Montaña: Dolor |
Las mujeres de la Montaña: Lucha |
Las mujeres de la Montaña: Pensamiento (Frente) |
Las mujeres de la Montaña: Pensamiento (Perfil) |
Las mujeres de la Montaña |
Las mujeres de la Montaña: Perfección |
Oración |
Paolo y Francesca da Rimini (infierno V) |
Primitivo |
Purgatorio |
Rito Eterno 2 |
Ritmo Eterno 3 |
Ritomo Eterno |
Rivera |
Sra. Luz Bianchi |
Sra. Luz Bianchi (Perfil) |
Torzo de Mujer |
Einstein - Berlín 1920 |
Cuerpo y Alma Berlín - 1928 |
El vuelo del Genio Stgo - 1941 |
Arco Iris Stgo - 1941 |
Jacob y el Ángel Stgo - 1944 |
Monumento |
Simón Bolivar Stgo - 1953 |
Lucifer Stgo - 1953 |
Claudio Naranjo Stgo - 1957 |
El Aire Stgo - 1959 |
El Nacimiento del Yo Stgo - 1959 |
En el tranquilo y hermoso barrio de Friedenau (un sonriente rincón del nuevo Berlín), rodeado de una decoración de árboles y flores, tiene Totila Albert su taller.
Es un taller casi sin murallas, de grandes ventanales y de grandes puertas, por donde entran el aire, la luz y todo el que quiera conocer la labor del joven escultor. Ya al llegar al umbral se adivina un espíritu amplio, un alma de artista que no sólo abomina de las barreras espirituales, sino que desearía para sí un taller que no tuviera otro horizonte que cordilleras o mares, ni otro techo que la inmensa bóveda de un cielo muy azul.
Tal vez la primera vez que ví a Totila Albert en su estudio fue en uno de estos frecuentes días grises de Berlín, quizás un día de invierno con viento y nieve. Pero estos detalles se han borrado de mi memoria para dejar grabada sólo la impresión de primavera intelectual, de frescura de corazón, y al mismo tiempo de fuerza y reciedumbre que me dejaron el artista y sus obras.
Un cuerpo menudo, con alborotada cabellera de oro y un rostro de niño, contrastan en el taller con los yesos y los bronces que amontonan su potencia creadora por todos los rincones. Y es que en aquella envoltura de muchacho rubio, con todo el exterior un tanto ingenuo de los tipos del norte de la Europa, palpita el alma característica del que ha nacido en tierra chilena, junto al mar y a la montaña, y la ha sabido comprender.
No hay más que observar diez minutos la labor de Totila Albert, para darse cuenta inmediata de que su obra escultórica no se ha dejado influenciar en potencia por los ocho años que lo rodean las escuelas alemanas. Sólo en el estilo de algunos trabajos se advierte el rápido paso de Albert por la Academia de Berlín y los seis meses que trabajó en el taller de Metzner; pero en cambio en el alma de sus obras está íntegra su cuna y están palpitando todos los horizontes del Pacífico y del Andes.
“Las mujeres de la montaña”, proyecto de cerro, la más completa y genial de las creaciones de Totila Albert , tiene, por ejemplo, en su estilización la influencia inmediata de nuestro mar. El oleaje del Pacífico, la enormidad azul que hincha rítmicamente sus entrañas a lo largo de las costas bravías de Chile, se cristalizó en las pupilas de Albert y dio movimiento a sus dedos cuando la greda onduló las figuras del proyecto.
Cuatro figuras sentadas y una enorme figura de pie sobre la cumbre, componen “Las mujeres de la montaña”. Las cuatro figuras sentadas representan “El Dolor”, “El Pensamiento”, “La Lucha” y “La Acción Creadora”. La figura principal es “La Perfección”. Estas cinco figuras concretan el proceso de toda vida que hace su verdadero camino y por lo tanto el camino de la humanidad misma. Cada figura es un templo dedicado al cultivo de un arte: el primero está dedicado a la Música, el segundo a la lectura de los libros sagrados y de la literatura mundial, el tercero a la Discusión libre, el cuarto a las representaciones dramáticas en el estilo clásico primitivo, y el templo de “La Perfección” a la danza religiosa.
Albert concibió su monumento durante los últimos meses de la gran guerra y soñó que en los templos que cobijarían las figuras colosales de su “Proyecto”, irían las naciones a elevar sus canciones de paz y de amor.
En “Estallido”, en algunos torsos, y en “Entre cielo y la tierra”, el recuerdo de montañas dislocadas, de solevantamientos apocalípticos, viene inmediatamente a la memoria. “Estallido” sobre todo, sugiere a primera vista un volcán. Aquella figura que retuerce sus brazos y estruja sus músculos, no es la sola representación de un movimiento gimnástico; la naturaleza viva de las cordilleras, las fuerzas desconocidas que palpitan bajo la tierra, se han condensado en el pequeño trozo de bronce y se han convertido en un símbolo.
La gran composición “Ritmo eterno”, es según propia declaración de Albert, un recuerdo de las selvas vírgenes chilenas. Y no habría necesidad de interrogarlo sobre el particular: el grupo está diciendo a voces que está allí la naturaleza en toda su plenitud, hablando de sus inmutables instintos. Los escollos que presentaría a cualquier otro tratar el tema que valientemente Totila Albert abordó, están salvados en forma original y diestra por el joven maestro. En el “Ritmo eterno” no se advierte sensualidad enfermiza, no se adivina procacidad; como el título del grupo tan bien lo subraya, aquel no es más que un ritmo, un ritmo único, inmutable como la naturaleza misma de su esencia.
El mar, la montaña, la selva, el triángulo formidable que alimenta la inspiración de Albert! De aquí su estilo definido, su personalidad inconfundible de escultor, esa personalidad que ha asombrado a la crítica de Europa y a la crítica de Chile, y que empezó a formarse en Albert cuando sus ojos comenzaron a observar los paisajes de la patria.
Y estos paisajes se han grabado en su interior con fuerza extraordinaria, porque el amor a la naturaleza no nació en Totila mismo, sino que viene desde su padre, a quien no podríamos dejar de recordar, al hablar del joven escultor, sin incurrir en omisión grave.
Grandes trozos desiertos de la costa chilena, arenales improductivos, afiebrantes, fueron transformados por don Federico Albert en bosques frescos y armoniosos. Viendo trabajar a su padre, aprendió Totila a amar los árboles, a contemplar el mar, a observar las montañas. Sus manos, por satisfacer una necesidad del espíritu formada en esta escuela, buscaron más tarde la greda áspera y la transformaron en cien creaciones donde la naturaleza palpita y vive.
La forma unánime en que Totila Albert ha sido juzgado por la crítica, ya le hacen acreedor al título de maestro, cuando apenas 30 años pesan sobre sus espaldas juveniles. Y al hablar de la opinión de la crítica, es interesante hacer notar el juicio que manifestaron los propios críticos “de casa” cuando Totila Albert hizo su primera exposición en Chile.
Albert hizo su envío a Santiago para darse a conocer en su patria, mientras permanecía en Alemania. Sus esculturas fueron, pues, huérfanas a presentarse a la mirada inquisitorial de los críticos santiaguinos, y bien sabemos que no hay peor cuña que la del mismo palo.
La opinión de los críticos chilenos fue ampliamente favorable y favorable con una espontaneidad que merece la pena recalcar. Deseo, por esto, reproducir los juicios que se emitieron en Santiago con motivo de la exhibición de algunos de los trabajos de Albert.
De Armando Donoso
En Totila Albert me interesa sobremanera la valentía extraordinaria: valentía en conceptos (“El abrazo” y “Leda”) ; valentía en movimiento; valentía para saltar por sobre los moldes consagrados hacia una expresión personalísima de su arte.
De Eduardo Barrios
Me cautiva la escultura de Totila Albert sobre todo por su robustez, que llega a lo gigantesco sin caer en esas deformaciones en que se ve sólo el afán de una grandeza de la cual se carece. Sus bronces, sus granitos, sus mármoles cantan el poema eterno de los instintos y levantan la materia hacia la divinidad. Una gran fuerza sin esfuerzo, una densa significación humana dignificadora, aún de las flaquezas sensuales, una técnica extraordinaria hecha poder y majestad por la síntesis de la línea viva; he aquí lo que más admiro en este joven maestro.
De Carlos Dorlhiac
Totila Albert me interesa y – cosa para mí curiosa – me interesa contra toda razón, contra mi instinto, contra mi credo de arte, contra todas mis inclinaciones, naturales y de raza. Sin lugar a dudas, nuestros caminos son – y serán siempre – más que distintos: opuestos y, sin embargo, ante esa obra cerebral, para mí complicada, siento emoción y vibro. Es un algo así como esa impresión indefinible que nos producen las “fuerzas naturales”: el mar, la montaña, el vendaval.
Obras que conmueven así – aunque desde luego no comprendamos – obligan a pensar: “Aquí hay algo”!
De Hernán Díaz Arrieta
Nunca he visto más formidable condensación de la energía en un trozo de materia. Son espasmos de mármol. Esos brazos, esas piernas, esos torzos no parecen labrados por mano de artista, sino brotados de la tierra en virtud de un principio interno y terrible, son seres de la naturaleza, pero tienen algo de violento e infernal que causa espanto.
Dicen que Totila Albert va más lejos que Rodin y Mestrovich. Lo creo.
De Pedro Ovalle
Es, desde todos puntos de vista, interesante la obra de este escultor. Especialmente por la valentía con que se consagra a dar vida y movimiento a sus trabajos, rompiendo con las normas del academismo.
He aquí resumida, a través de la opinión de cinco de las más prestigiosas firmas chilenas, la impresión que causó en la hermandad intelectual santiaguina, la aparición del nombre de Totila Albert, desconocido hasta el día antes en la patria, sin un amigo en los cenáculos artísticos, sin padrinos, sin más bagaje que sus propias obras.
Y es que el arte de Totila Albert, a despecho de las desproporciones que le encontrarán los académicos, y de los atrevimientos que no perdonarán los tímidos, se impone por sí solo, por su sinceridad, por su fuerza, por su verdad.
Berlín, septiembre de 1923
Manuel Bianchi.
Fuente: Prólogo para el libro Totila Albert, Escultura, Casa Editora Julius Bard, Berlín, Alemania.