
De todos los amigos que tuvo Albert, sobresale Claudio Naranjo, médico siquiatra, a quien Totila quiso como a un hijo. Claudio, muchos años más joven que el escultor, entabló con él una amistad inolvidable que marcó su visión de la vida. Una afinidad entrañable de discípulo y maestro, de almas que se descubren parecidas, nació en el entorno en que circulaba el escultor como una presencia original y algo excéntrica: el acogedor Parque Forestal de fines de los años cuarenta. Cuando era un lugar de encuentro de un Santiago tranquilo y propicio a la conversación significativa.
Este médico siquiatra reconoce a Totila en el origen de su análisis sobre el mundo de occidente que agoniza en la cultura patriarcal. “Mi interés por el tema (el patriarcado) data de mediados de los años cincuenta, y la fuente de mi inspiración es más antigua y poco conocida: un chileno, que ya era consciente de lo crítico de esta situación hace más de cincuenta años. Aunque he escogido dar a este capítulo el título general de “La agonía del patriarcado”, voy a dedicar el resto de él a Totila Albert, nacido en Chile, y que llegó a ser conocido como escultor en los años que siguieron a la primera guerra mundial. Apodado por sus contemporáneos en Berlín “el Rodin alemán”, puede ser considerado como el mejor escultor que haya producido Chile, pero la concurrencia de diferentes circunstancias le impidió llegar a ser conocido internacionalmente, y hoy en día la mayor parte de su obra (originalmente en yeso) ha sucumbido a los embates del tiempo” (Naranjo, Claudio: La agonía del patriarcado, Editorial Kairós, 1993)
Cuando yo era niño, Totila era una presencia familiar en casa de mi madre. El salió de Alemania el día antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial y se fue a Bolivia antes de radicarse en nuestro país. A Chile debe haber llegado en el año cuarenta y tres… por ahí. En relación a mí, puedo decir exactamente cuándo lo conocí. Fue con ocasión de un homenaje que le hicieron a un director de orquesta alemán muy célebre que, debido a la guerra, visitó mucho a Chile - tuvo suerte Chile en esa época en que llegó tanto alemán talentoso exiliado, expatriado, el país era muy accesible entonces - Recuerdo que la universidad le dio una condecoración a este músico y la ceremonia se hizo en un departamento que mi madre arrendó por unos días en el Hotel Carrera, que era el lugar de lujo de esa época.
Debo haber tenido unos diez años y estaba en la tina de baño cuando, repentinamente, entró mi madre a mostrar a “su niñito” a una serie de personas con copetines en la mano, todos de smoking y muy estirados. Entre estos personajes que rodearon la tina contemplándome incómodos, estaba Totila Albert. Lo recuerdo por su pelo que era inconfundible, era como Einstein, tenía una tonsura natural al centro de la cabeza. El habló en forma muy amistosa diciendo qué lindo cuerpo, qué bello, él con ojos de escultor que no estaban escandalizados de mirar a una persona desnuda. Aunque yo me sentía ahí un poco en una jaula de exhibición, donde no tenía alternativa y sobre todo por el contraste: estaba desvestido y ellos estaban ultra vestidos, de ceremonia. Sin embargo, Totila suavizó el momento hablando en forma muy natural.
Trabé verdadera amistad con él varios años después, cuando nos topamos un día en el Parque Forestal, lugar donde vivía.
Quise entender lo que Totila entendía
Totila vivía en el séptimo piso de un edificio que estaba un poquito más atrás del Museo de Bellas Artes y allí tenía muchos árboles, tantos que la Sociedad de Amigos del Arbol le dio un premio. Su amor por la naturaleza lo había heredado de su padre, don Federico, quien fue protector de los bosques chilenos. El formuló la primera legislación, cuando era la persona a cargo del Departamento de Pesca y Caza, que se terminó transformando después en un ministerio y perdió mucha efectividad al convertirse en una entidad política.
Un día, cuando yo estaba en sexto de humanidades y mi madre andaba en Europa, me encontré a solas con él caminando por un pasaje en sentido contrario al mío, y me preguntó muy amablemente: “Claudio, ¿cómo estás? ¿Cómo está tu mamá? ¿Qué hay de nuevo?” Yo era una persona muy monosilábica, no sabía muy bien qué decirle y buscando algo para conversar - ya que él manifestaba un interés que parecía tan sincero - llegué a contarle que había escrito en la revista del colegio un artículo sobre un momento histórico que se acercaba, que sería como un nuevo renacimiento, pero no como el renacimiento europeo en torno al arte, no, éste sería en torno a la sicología, el centro estaría en América y sería planetario ¿De dónde saqué todo esto? No tengo idea. Fue una inspiración tan natural que no me pareció notable excepto porque me salió sola, con una gran facilidad. Fue muy curioso.
Contándole de este artículo que había escrito, él movió la cabeza un poco tristemente y dijo: "Me gustaría ser tan optimista como tú, pero creo que estamos muy mal, que el mundo está muy mal…" Y no era esa una época en la que se hablara de los males del mundo o de crisis. Fue antes de la Nueva Era, antes de ese florecimiento que hubo.
Totila venía afectado por la experiencia del nazismo, pero él decía que la suya no era una visión local y lo que más le ocupaba y preocupaba era la idea de la obsolescencia del estado patriarcal (su idea favorita) de la sociedad. El creía que todo tendría que cambiar: todo eso que llamamos leyes, derechos, formas de gobierno, lo económico, etc. Lo consideraba una cosa muy cuestionable que algún día haría agua, se transformaría y haría crisis.
Entonces no es que él fuera pesimista, era más bien optimista a pesar de todo, porque anhelaba una mejoría de las cosas. Cuando él me contó su visión del mundo, en lugar de sentirme yo desaprobado con esta idea que se me había ocurrido, sentí que él entendía más que yo y me interesó mucho. Quise oírlo más y ahí entré en conversación con él. Quise entender lo que él entendía. Ese fue el origen de nuestra amistad.
Era una especie de Jeremías
A Totila es difícil definirlo. El era muchas cosas al mismo tiempo. Yo diría que había un solitario en él. En el sentido de que era una persona muy creativa en su soledad. Su obra más importante no fue la escultura – que lo hizo famoso en su momento - sino la poesía. Decía que la escultura había sido su profesión y la poesía su vocación. Y era muy sacrificada su poesía, porque prácticamente no dormía en las noches por escribirla. Era su ocasión de estar solo, de trabajar en esto que no tenía una cabida en el mundo.
Totila Albert fue un artista a quien lo conmovía profundamente el estado del mundo. Era una especie de Jeremías; alguien que se condolía, que leía el diario todos los días pero con preocupación, con empatía, con deseo de que las cosas pudiesen mejorar; tomándole el peso a lo que ocurría. Un hombre muy consciente que ve no sólo los hechos sino que a través de los hechos. Yo aprendía al oír sus comentarios.
Al mismo tiempo que solitario y amable era muy verdadero, sin diplomacia. No sabía disfrazar las cosas para caerle bien a la gente. ¡No, no entraba eso en su mente! El era simplemente veraz.
Sin embargo, hería susceptibilidades y yo creo que lo que pasó en el Bellas Artes - fue profesor ahí, pero terminó saliendo porque lo trataron muy mal – se debió a que Totila manifestó críticamente una opinión con respecto a ciertos alumnos que eran favoritos de otros profesores. El tenía sus propios criterios y chocó con los favoritismos y con los intentos de elevar a personas por razones extra artísticas. No tenía pelos en la boca Totila, y eso fue lo que lo llevó a la expulsión del Bellas Artes.
El episodio fue muy violento. Albert fue profesor extraordinario y se le recibió con los brazos abiertos cuando llegó de Alemania como una persona muy reconocida. Pero a poco andar, creo que en cosa de dos años, le quitaron los alumnos y después le vetaron el derecho al taller de manera muy violenta. El museo está construido de tal forma que los pisos dan al patio central. A ese patio fueron arrojadas sus obras de yeso que estaban en un tercer piso. Le destrozaron violentamente sus esculturas y en ello colaboraron varios profesores del Bellas Artes.
¿Cuánto odio puede inspirar una persona tan amable?, no sé.
Puede que tuviera que ver con que lo consideraban raro. Pero yo no diría que era una persona rara, aunque tenía ideas que parecían rarezas para las personas de su momento. Por ejemplo, el asunto del patriarcado. Hubo una época en que hizo amistad con Pablo Neruda – quien fue muy entusiasta de sus esculturas -. Totila le decía, "Oye Pablo, ¿por qué no te vienes para acá?, vamos a conversar, yo quiero hablarte del patriarcado" y Neruda contestaba: “Bueno, sí, vamos a hablar del patriarcado”, pero no llegaban él ni sus amigos. Se corrían. Neruda tenía un estado muy alineado con el espíritu comunista y Totila criticaba al comunismo, considerándolo un camino equivocado. Lo llamaba la religión del estómago. Lo veía demasiado materialista y una forma de política que, según se estaba viendo en Rusia, por los medios que se estaban usando, era patriarcal. Totila le rebatía todo a Neruda y le lanzaba palabras muy tajantes “ ¡No, Pablo, lo que hay que examinar es el patriarcado!” Y el otro, con la satisfacción del que ya encontró el camino, le respondía burlón, ¡ah, éste y su patriarcado!
El entorno social lo miraba como a un obsesionado con una idea fija. Y Albert no era un obsesionado, era un hombre que había llegado a una gran claridad sobre la situación patriarcal luego de experimentarla intensamente en Alemania. Esa experiencia de la guerra le había dado mucha luz sobre cómo la mente humana echa a perder el mundo y a través de su propia liberación individual, que era una especie de alquimia interna que se hizo a sí mismo gracias a la poesía, tenía mucho que decir.
Lola Hoffmann, la gran amiga del escultor, llamaba individuación al proceso de auto conocimiento que experimentó Totila. El lo aceptaba sonriendo. "Bueno, que ella lo llame individuación, pero…" Como dando a entender que él no estaba encajonado en ninguna escuela sicológica.
Se puede decir que lo suyo fue un proceso de iluminación. Es algo que se ha conocido en todos los tiempos. Siempre ha llegado gente a la sabiduría o al despertar - como quiera que se lo llame - a través de un camino.
Su proceso de iluminación se desencadenó con la muerte de su padre. Tuvo un duelo muy profundo en el que se comparaba con Orfeo. También sentía que era parecido a lo que le pasó a Dante con la muerte de Beatriz. A Dante, la muerte de la amada lo llevó a la experiencia de una muerte en vida: el descenso a los infiernos sin perder el cuerpo.
En el caso de Albert, el duelo lo gatilló la muerte de su padre. Tuvo un vínculo tan bueno con su progenitor, que parecía querer seguir a su padre en la muerte.
Atravesó por algo que, visto por los ojos de una siquiatra como Lola Hoffmann era depresión, pero una depresión muy especial. Un camino para entrar a un mundo al que normalmente no entramos, y empezaron a ocurrirle cosas: desarrolló un proceso que tenía una ley interna.
Totila a veces mencionaba que había un guía. Tal como Dante decía que Virgilio lo guiaba, literariamente. Él sintió algo similar. En un período de su vida se sintió guiado por Beethoven, por su música. Recuerdo en un poema de Albert la frase: “Tú, guía invisible” en la que nos da a entender que existía una fuerza, una entidad que “lo movía.”
Era creyente. Sí, claramente sí. Al mismo tiempo habría que decir que no le tenía mucha simpatía a la Iglesia. El tenía muy poca afinidad con las religiones. Las iglesias todas se revisten de lineamientos políticos. Con lo que había visto, le parecían sospechosas. No llegó a conocer el budismo directamente, sólo las ideas, lo hindú le sonaba como algo criticable. Tal vez, entre todos los genios religiosos, con el que el mejor se sentía era con Lao- Tse. Era más puro, más natural el camino de Lao-Tse, con menos política agregada.
Yo diría que Totila era místico. Tenía una dimensión mística de la cual el arte era el resultado. Todo su arte era religioso, pero en un sentido de religión diferente a la religiosidad tradicional. Muchas veces le oí comentar esta frase: Napoleón le preguntó a Laplace qué pensaba sobre Dios y Laplace le respondió, “no necesito esa palabra”. “En mi visión del mundo no necesito usar esa palabra”. Totila, opinaba “¿Cómo puede un hombre decir que no necesita la palabra Dios?”.
Su poesía está llena de la presencia de Dios.
Siempre estoy con la idea de publicar su obra escrita en alemán. Al decir “la obra”, estoy pensando en la epopeya de cinco tomos de ciento veinte cantos cada uno. Es una obra inmensa en alemán y yo creo que la poesía no es susceptible de traducción. Creo que cuando nace un genio de la traducción que se interesa profundamente - como cuando se han traducido los grandes poetas - es porque hay alguien que quiere hacer un trabajo de amor y tiene un interés profundo por la obra. No ha aparecido esa persona todavía. Así que por el momento, es una obra que le pertenece al público de habla alemana.
Yo he estado pensando mucho tiempo en hacer una edición para donarla a las universidades que tengan un departamento de alemán. Universidades alemanas o de otras partes del mundo, para que pueda ser consultada y sobreviva.
Alguien me sugirió que podía elegir una forma alternativa, que es hacer una publicación electrónica, ponerla en la Internet. Conseguir un espacio cultural para que ahí la pueda ver cualquiera. Aunque se ha alargado mucho el proceso. Llevo más de diez años con un alemán que se ofreció para corregir la puntuación o los errores tipográficos de las dos versiones existentes. Una que está en la biblioteca de Basilea donde la hizo poner Totila Albert antes de venirse a América y otra versión que estaba en su casa.
Yo estoy esperando, esperando, confiando… Incluso he estado escribiendo una biografía corta a manera de prólogo para esa epopeya.
Para salvar La Tierra
En cada una de sus esculturas Totila expresaba un mensaje, un pensamiento filosófico. Por ejemplo, recuerdo haberle oído hablar sobre el Monumento a Rodó - que está ubicado en el parque Gran Bretaña - originalmente concebido junto a la pileta para que se refleje en el agua. La idea de él - aunque fue encargado como un monumento para Rodó, el pensador social uruguayo que escribió El mirador de Próspero, aludiendo a la Tempestad de Shakespeare - fue expresar a través de los personajes Calibán y Ariel (también de Shakespeare) una representación de la mente consciente y de la mente inconsciente. El inconsciente que sostiene, es la parte más visceral de nuestra naturaleza que mantiene la parte más sofisticada, más civilizada que apunta hacia el cielo. La escultura tiene un implícito aspecto de valorizar a ese coloso sacrificado que lleva el peso del otro. El sostenedor está inclinado hacia la tierra, es como una prolongación de la tierra, como una idea de sacralizar esa parte terrena de nosotros e ir más allá de la dicotomía del Bien y el Mal. Ya que Ariel podría entenderse como el Bien y Calibán el Mal. Pero no, son dos partes de nuestra naturaleza que tienen que ser reconciliadas, aceptadas como un todo.
Albert tenía mucha admiración por Barlach y Lembruck, dos escultores alemanes contemporáneos suyos cuando vivió en Alemania. Varias veces me mostró figuras de ellos. Sin embargo, por sobre todo, sus ideales eran los babilonios y los egipcios. Aunque también hay influencia de Miguel Angel en La Tierra (obra que está en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago). Totila quizo llevar hasta sus últimas consecuencias una afirmación de este escultor renacentista, quien habría dicho que una escultura perfecta se puede echar a rodar desde la ladera de un cerro y no se rompe porque no tiene salientes. Totila quiso hacer algo esférico. Una figura complicada de un hombre y una mujer en un abrazo.
Hace más de diez años que yo vengo ofreciéndole plata al Museo de Arte Contemporáneo, a la Universidad de Chile, al Gobierno de Chile, a diversas instituciones para que pueda hacerse un vaciado en bronce de esta escultura que está en yeso. La propuesta que yo hice fue para salvar y difundir La Tierra, poniendo una copia de ella en algún lugar público europeo o norteamericano donde realmente esté a la vista del mundo y no en un país lejos de todo, y en un subterráneo. Jamás recibí una respuesta a mis numerosas cartas años atrás dirigidas al jefe de Archivos, Museos y Bibliotecas, a la decana del Bellas Artes. De palabras sí: ¡qué interesante, muy bien!… Nada se materializó nunca.
Cuando yo ofrecí este proyecto la escultura estaba en buen estado. He visto cómo se destruye más de año en año. Ahora está pegada con alambres y sería un trabajo de joyería restaurarla antes de poder copiarla. Yo sigo proponiendo, cuando la restauren (que es responsabilidad de ellos), que se haga un molde de copia. Lo más importante no es el bronce, es el molde de copia porque es una obra de arte y son pocas las personas que tienen la capacidad de hacer un molde de piezas de una obra tan complicada, con tantos entrantes y salidas, son muchas piezas. Pero así estaría asegurada la perpetuación de la obra, desde el momento que hay un molde que está en poder del museo.
Yo ofrecí *La Tierra a la Catedral Episcopal de California, que es un lugar fantástico de San Francisco. Una obra tan erótica en una catedral habría sido sensacional. El archidiácono la aceptó, estaban dispuestos en el momento en que estaban reestructurando el patio y perdimos muchas oportunidades. La Universidad de California en Santa Cruz la aceptó también, pasó el tiempo y Chile nunca firmó. Así que…
Estos cuentos que yo estoy contando… Así sonaba Totila cuando yo lo conocí. Comentaba una y otra vez con tristeza y con reprobación lo mal que había sabido Chile aprovechar sus talentos. Que los parques podrían estar llenos con sus esculturas.
Yo creo que La Tierra es una de las obras más bellas que se han hecho nunca en escultura. Y los chilenos son muy ambivalentes. Ahora, cuando sale un libro sobre la escultura en Chile, no encuentran otra cosa mejor que poner esa (escultura) en la tapa, pero cuando uno lee adentro lo que ponen… Claro, no tiene ningún contenido positivo. Es el resentimiento, la crítica. Ese fue el ambiente que rodeó a Totila. El estaba muy amargado. Si quería fundir una obra en bronce tenía que pasar a través de gente tan enemiga, de tan mala voluntad que le ponía mil problemas.
Albert se presentó muchas veces a concursos. Recuerdo uno del Monumento a Rubén Darío. Hizo una de las más bellas obras: son dos figuras que caminan en dirección contraria intercambiando una rosa imaginaria con una mano levantada cada uno. Simboliza un verso de Rubén Darío que dice: “Vamos a la muerte por el camino del amor”. Esta obra existe en metal porque la hizo fundir un director de orquesta que se entusiasmó mucho con ella. Pero quedó como una maqueta no más, no tiene la elaboración definitiva. Sin embargo, le dieron el premio a una escultura de un efebo que está en la parte de atrás del Parque Forestal. Un efebo tocando una flauta de pan que no es nada muy especial.
Cuando los concursantes exhibieron sus obras en el patio de la Universidad de Chile, la crítica recibió la obra de Totila como una obra homosexual. Estos dos desnudos que no se sabía qué sexo tenían. En fin, malas lenguas con un espíritu muy vulgar.
Desgraciadamente el Rodó también fue recibido así. Había gente que quería dinamitarlo, lo consideraron una ofensa a las buenas costumbres. ¡Un desnudo! ¡Como si en todo el arte clásico no hubiera desnudos!
* La escultura La Tierra fue restaurada por Claudio Naranjo y desde abril de 2007 se encuentra en el Museo de Arte Contemporáneo más otra copia que quedó en manos del gobierno de Chile.