La Academia Libre
(1953 – 1967)

Tres veces nuestro
 Canto 14
A la especie humana

Pienso en Ruth que tanto trabaja
Madre de Luz, compañera de alhaja,
En mi hermana que tanto sufrió
Por procurarme el pan cuando yo
Para mi Patria la gloria buscaba
Todo de mí en la obra daba.
Pues en la Patria ahora estoy,
Saben tal vez y niegan quien soy,
Uno y otro hay que lo sabe,
No necesito que nadie me alabe
Pero tampoco merezco el odio,
Ni de pan mezquino custodio,
De la calumnia no hablaré,
Cuando yo quiera me defenderé.
( Extracto) 27/4/1945

Totila Albert viajó a estudiar escultura a Alemania en 1915, a la edad de veintitrés  años. Llegó a un Berlín convulsionado por la Primera Guerra Mundial, donde experimentó el caos y la decadencia del espíritu humano liderado por odiosidades nacionalistas y aspiraciones sociales propias del sistema de vida patriarcal: dominio sobre el débil, saqueo de bienes materiales, búsqueda de poder y reinado de la violencia. Todos antivalores que tanto llegó a despreciar más adelante en su vida y que, seguro en gran parte, fueron el germen de sus ideas e intuiciones poéticas acerca del patriarcado occidental como sistema de vida.

Afiche Promocional Cursos de Verano

En ese ambiente de oscuridad del espíritu nació el artista y se formó como escultor. Durante esos años de búsqueda inicial concibió la portentosa escultura Las mujeres de la montaña, obra destinada a ser montada sobre un cerro y que expresa los cinco estados de la meditación: Dolor, Pensamiento, Lucha, Acción Creadora y Perfección. En ella Totila ya revela la tendencia simbólica que nunca abandonaría, pues como él mismo repetía, “sin simbolismo no hay arte”.  De esta obra iniciadora de su particular interés por expresar los más profundos y universales estados del alma individual y colectiva, no queda ninguna de sus cinco figuras en pie, sólo fotografías de los modelos que realizó a pequeña escala y son los que damos a conocer en estas páginas.

Albert regresó a Chile, su país de origen, en 1923.  Retornó pleno de entusiasmo, optimismo e ideas frescas. Traía aires nuevos al arte nacional y venía dispuesto a contribuir al quehacer artístico. Sus esculturas eran novedosas y los críticos lo alabaron como un raro talento exponente del expresionismo simbólico. A juicio de muchos, con él se iniciaba la modernidad artística en el país. Fue bien recibido y respetado, grandes intelectuales de la época escribieron acerca de él luego de sorprenderse con las obras escultóricas en su primera exposición en Santiago de Chile en la Casa Eyzaguirre, en 1923. Deslumbró con la fuerza visual de obras como El Abrazo, Leda, Ritmo Eterno y Torso, por mencionar sólo algunas.

A raíz del descubrimiento de su talento se le propuso realizar un monumento al poeta Magallanes Moure.  Totila se abocó por completo en una ambiciosa propuesta* (1) Sin embargo, como es habitual en nuestro país, éste nunca se concretó en su material definitivo ni se instalo en el Parque Forestal como se pensó inicialmente, por falta de interés real y medios económicos.   
En 1939, ad portas de la Segunda Guerra Mundial,  Totila vuelve por segunda vez a Chile y contrae matrimonio con Ruth Ehrmann.  
 Aquí realiza esculturas como Monumento a Rodó (1944, Parque Gran Bretaña), Relieve del Vuelo del Genio (1941, Parque Cousiño y actualmente inexistente), Relieve Alma Mater (Universidad de Chile, destruido por un terremoto y nunca restaurado), Figura Simbólica sobre la tumba del presidente don Pedro Aguirre Cerda (Cementerio General de Santiago), Jacob y el ángel (1944)  El Nacimiento del Canto (1940) y Arco Iris (1941) Esculpió también encargos para grandes personalidades y amigos, “bustos de Albert Einstein, Claudio Arrau, Rosita Renard, Luis Enrique Délano, Sra. Luz P. de Bianchi, el Kronprinz Wilhem, Sra. Carmela Mackenna (música y compositora), Prof. Schaefer (Director del Museo Egipcio de Berlín), Serge Jaroff (Director de los Coros de los Cosacos del Don), Helvecia Paulina (pianista chilena), Jenny Krause (pedagoga en piano, hija del maestro Martin Krause, profesor de Claudio Arrau), Mahatma Gandhi, etc”.*(2)
                       

Detalle de Obras de la Academía Libre
Detalle de Obras de la Academia Libre

Mientras, Berlín padece el desorden generalizado y el fatal bombardeo sobre la ciudad echa por tierra toda la obra escultórica realizada en Alemania.  Años de esfuerzo creativo y de aporte a la cultura universal convertidos en escombro, polvo, pura destrucción…

Llega la década de 1950 y Totila Albert, ya no era el mismo artista entusiasta de sus comienzos. Muchas de sus obras permanecían como simples maquetas de yeso por falta de medios propios o apoyo de ajenos para vaciarlas en bronce como él deseaba y así repartir sus esculturas por este país que tanto quería.  Concretar sus trabajos le fue siempre muy difícil, lo llevó a enfrentamientos con gente que, a su juicio,  obstaculizaba la creación de sus obras y el mundo del arte terminó rechazándolo. En un episodio confuso y grosero lo expulsaron violentamente del Bellas Artes, arrebatándole su calidad de profesor extraordinario y negándole la entrada a su sala de clases.  A partir de ese momento y hasta sus últimos días de vida se mantuvo ajeno al mundo oficial del arte chileno.

Dolido y amargado por el rechazo hacia su persona, pero firme en su individualismo creativo, combinó una vida tranquila en su departamento de Avenida Santa María con la calidad de profesor particular en la Academia Libre, a la que asistía todos los días. Atravesaba a pie el Parque Forestal y se encaminaba hacia la calle Huérfanos, a los bajos del teatro Maru. Allí, junto a los acordes de Beethoven, enseñaba historia del arte y a esculpir a gente que lo estimaba y valoraba su arte. Durante este período realizó esculturas tales como: La Tierra, ese ideal de pareja humana; el poderoso busto de Beethoven; el de su gran amigo Claudio Naranjo, el del libertador Simón Bolivar, el de un enigmático Lucifer;  más los dos relieves, El Aire y El Nacimiento del Yo.

Interior de la Academía Libre
Interior de la Academia Libre

En esa escuela subterránea compartió la vida con amigos incondicionales, unos pocos artistas extranjeros que escaparon del infierno de la Segunda Guerra Mundial. Personas cultas que ingresaron a nuestro país - “con una mano por delante y otra por detrás”-   en busca de refugio y paz. Por fortuna escaparon de las garras del nazismo y se afincaron en Chile para aportar con su talento a la cultura de este país.   Totila Albert los acogió con generosidad y les dio un lugar en su academia y en su corazón.  Ninguno de ellos conocía al escultor, pero el destino los juntó.  Tal es el caso de Kurt Herdan, pintor austríaco, que hizo clases de pintura en la Academia  Libre: “La primera impresión que tuve de Chile fue bastante triste.  Recuerdo que mi cuñado me llevó al cerro San Cristóbal y yo contemplé una ciudad plana, de techos grises y deprimentes.  Había tres o cuatro edificios de relativa altura. Los más altos eran los de la Plaza Italia, los edificios de los ministerios, y la esquina de Mac-Iver con Alameda. Yo, que venía de Marsella, de Milán, de Génova comparaba esas bellezas con Santiago y no me gustaba nada.  Sin embargo, no me importó mayormente, puesto que sólo venía por seis meses a reunirme con mis padres que se habían refugiado acá. Cuando yo abandoné Europa en los años cincuenta, llevaba doce años sin saber de ellos.  Nos separamos en 1942 y volví a verlos en Santiago en 1954. Esos seis meses de estadía se prolongaron a un año porque mi madre quería que me quedara. Me quedé acá, me gustó Chile y aquí estoy todavía”.

“Mi primer contacto con Totila fue muy simpático.  En las primeras semanas de mi llegada, caminando por Huérfanos, vi un letrero que decía Academia de escultura, pintura y dibujo, don Totila Albert y profesor de dibujo y pintura, don Raúl Malachowski. Yo bajé por las escaleras hacia la academia con la esperanza de que ese señor Malachowski fuera pariente de una señora de Rumania, del mismo apellido, y muy amiga de mi familia. “Quizás este caballero me pueda ayudar a conseguir trabajo” -pensé -  Así conocí a Totila. Me sorprendió que él de inmediato me hablara en alemán y me dijera que el señor Malachowski era tan pobre que ojalá yo pudiera echarle una mano. ¿No es divertido? ¡Se me dio vuelta la cosa!”
“De ahí en adelante volví a visitar a Totila, a conversar con él, porque era un hombre muy culto, muy amable y grato. Yo, hasta el día de hoy, tengo una deuda con él.  Le debo mucho conocimento del arte y de la vida. Totila tenía una formación académica de una muy buena escuela clásica alemana.  Así empezó nuestra amistad, hasta que él me pidió que me hiciera cargo de la clase de pintura de su taller.  Me quedé con él hasta su muerte, que ocurrió el año 1967. Pasábamos  todos los días juntos: muchas conversaciones, mucho aprendizaje, conocí su biografía, sus problemas… El estaba casado con una persona muy importante aquí, doña Ruth Albert. Una mujer muy fuerte, de gran carácter.

Además, era tan convincente el odio que Totila sentía por el Bellas Artes, que me lo traspasó a mí. Yo no puse un pie en ese lugar hasta que conocí a mi mujer, que exponía allí”

Raúl Malachowski, pintor y conde polaco, fue el primer profesor de pintura que trabajó junto a Totila y hoy en día, pese a su muy avanzada edad, recuerda con lucidez y afecto esos tiempos:

“Llegué a Chile desde un campo de concentración. Estuve en Italia y pasé un tiempo en Bélgica pero ya no quería saber más de guerras.  Por eso me vine a este país, pero no como un refugiado político o emigrante, no. Llegué contratado por el Teatro Municipal, con el ballet de la Opera Real de Bélgica y junto a un coreógrafo muy famoso en esa época, el húngaro Schalcheté.  Yo era escenógrafo y director artístico. El grupo del ballet regresó a Europa y yo me quedé a vivir acá. Inmediatamente conseguí otros trabajos, decoré el Hotel Carrera, el Hotel Miramar e hice varias cosas más.  Me sentí muy bien después de abrir el teatro dramático en Valparaíso, que se llamaba Teatro de la Costa. Aquí en Santiago, en la calle Colón, tenía el teatro musical Gato Negro y también pinté muchos retratos.
No recuerdo bien cómo conocí a Totila.  Puede ser que Jorge Inostroza, el autor del Séptimo de Línea, nos haya presentado… Era una época muy activa en Chile.  Los artistas nos juntábamos todos en el centro, en el Café Paula: gente de teatro, de pintura, intelectuales, etc.  Totila era encantador, fino, delicado, medio místico, ¡era sumamente humilde! Había gente que no entendía bien su finura, su delicadeza. Eso sí, ¡era tremendo de mujeriego! Siempre estaba enamorado. Tuvo grandes amores.

Nuestra academia era un centro de cultura y todos los sábados teníamos conferencias de diferentes temas con gente interesante. Me acuerdo de las de Julio Barrenechea, de la Lola Hoffmann, naturalmente… Dimos clases de arte dramático Teodoro Loewey y yo. Esa academia pudo haber sido fantástica. Tuvo su apogeo en los años sesenta, con muchos alumnos y en un ambiente muy agradable”.
Y así, volcado en sí mismo, en la soledad de su taller, separado para siempre del mundo ruidoso y exhibicionista del arte, Totila creaba infatigablemente, noche tras noche, figuras cargadas de simbolismo.  Y, al llegar la noche, se encerraba en su habitación a escribir y lo hacía como en un trance, siguiendo la voz interior de su inconsciente hiper activo. Éste despertaba ante la magia de la música y le dictaba versos que quedaron plasmados en cientos de poemas escritos en lengua alemana. 

*Para interpretar la vida y el genio de Manuel Magallanes Moure imaginó una fuente, una quieta fuente de agua nítida que reflejaría una columna y sobre esta columna una coronación sencilla, semi-esférica, semejante a la mitad del globo terráqueo, cruzada por los anillos de Saturno.  La figura del artista evocado saldría de la piedra, ignoramos hasta ahora en qué traje y actitud; pero no seguramente en una actitud y un traje que no serán los que acostumbran las estatuas.  En derredor, relieves alusivos a la obra poética de Magallanes Moure, el amor, la belleza, el dolor, la serenidad, la melancolía, todas las visiones que cruzaron por la existencia del gran soñador, más real es hoy que su misma existencia mortal, circundarían la columna y acompañarían en reflejos el rostro de su creador.


Hernán Díaz Arrieta, Un hallazgo literario, La Nación, Santiago,5/3/1924

*Totila Albert, exposición retrospectiva. Ed. Goethe Institut e Instituto de Extensión Artes Plásticas, U. de Chile, 1967